Sobre las palabras



Hoy quería hablarte de las palabras. De su belleza, y su poder. De como a mí me gusta jugar con ellas, como si fueran la única distracción posible en este universo. A veces pienso que no sería nada sin la oportunidad de disfrutar con las palabras. 

Su poder es inmenso, creo que puedo recordar alguna situación en las que una sola palabra se ha clavado dentro de mí como un cuchillo. Con las palabras he sentido la impotencia de no saber como expresar mis sentimientos. Y he llorado leyendo palabras. Porque detrás llevan una emoción que nos conecta. Las palabras generan energía y somos mejores seres humanos desde que conocemos las palabras.

Las palabras tienen el poder de destruirte o crearte. Nos creamos y creemos gracias a un relato. Argumentamos qué es lo que nos diremos en cualquiera de las situaciones posibles de nuestro futuro, incluso de nuestro pasado. Y aprender a respetar la palabra es tan importante como ser consciente de la vida, la naturaleza o el universo. 

No puedo predecir nada. No sé si seguiré juntando palabras, si escribiré por mucho más tiempo sobre el papel en blanco que no tiene vida. Estoy tan solo como tú, y sé tan poco como todos los demás. Pero me ha llevado mucho tiempo comprender que la palabra es la razón.

Y eso es lo que quería contarte hoy.

Gracias.



Lapalabraylarazon.com

Por trece razones, la serie


¡Hola!
Cierro hasta el lunes la oficina. Pero espero que tengáis un fin de semana maravilloso. Estoy preparando un relato para mi blog, y ya os contaré de que va antes de publicarlo.
Me gustaría recomendar una serie que me tiene realmente enganchado. Se llama "Por 13 razones", basada en una novela young adult. Tiene muchísima intriga, sobre todo al principio (Yo estoy a punto de acabarla! :) Y nos cuenta como reaccionan los alumnos de un instituto después del suicidio de una chica, que además deja grabadas unas cintas con los 13 motivos por los que se ha quitado la vida. 
Puede parecer macabra pero la recomiendo. Porque es una reflexión, no solo de como viven los adolescentes, sino de todo el mundo en general. Habla sobre las relaciones, las emociones y sobre como interactuamos en la sociedad, sobre aquello que impide que nos conozcamos a nosotros mismos y a los demás. Sobre los prejuicios. 
Además tiene también una historia de amor muy bonita también.
Os va a gustar. Un abrazo y felíz día.

A ti que estás ahí


A ti, que siempre estás ahí. 
Quería contarte que el miedo es tan natural como la vida, como la muerte. Es tan real como nosotros, y puede ir a por nosotros con una sola palabra. Luchamos contra el miedo a diario, hasta que nos damos cuenta de que la fuerza que sale de nuestros corazones es nuestra máxima aliada.
Que de tiempo ha tenido que pasar hasta que nos hemos dado cuenta de esto. Cuantos recursos hemos empleado en madurar, en respetar al miedo. ¿Te das cuenta?

Cuando la primavera


A él siempre le había sentado muy mal la primavera. Desde hacía un tiempo los dos permanecían sentados en aquel piso recóndito, sin luz. Ya no se daban la mano y apenas compartían sonrisas. Y él estornudaba cuando se acercaba la época en la que los pájaros cantaban. Ella le decía que en realidad tenía alergia a la primavera. Sonreía cuando decía esto y él respondía con gestos de desprecio.

Un 14 de Febrero muy especial


Eran dos amigos que habían quedado como otro día cualquiera. En aquel sitio en el que servían palomitas con cada consumición. Se escuchaba rock de fondo y en algunas mesas había parejas que se hablaban muy cerca. A Nuria le había llamado la atención una de las mesas en las que había un par de hombres, dos amigos que parecían concentrados mientras miraban cada uno su Smartphone. Las mesas eran en realidad de terraza, y tenían Serigrafiados los logos de varias marcas conocidas de refresco y cerveza.

Me duele el pecho de quererte


Se sentó a escribir una carta. No quería que fuera una carta de amor porque no creía en las cartas de amor. El amor se demostraba día a día, con cada roce, con cada caricia. Con cada palabra. Sería como un manifiesto o algo parecido.

Cuento de navidad


El invierno era largo y en un paréntesis se encontraron. Durante las vacaciones de navidad quedaban para tomar café a las siete de la tarde. Pero la cafeína no les estimulaba tanto como los nervios antes del encuentro. Ella se había teñido el pelo y hablaba diferente, más madura. Él seguía siendo el mismo crío irresponsable. Anochecía temprano y las calles estaban animadas. Las luces de navidad alegraban el paisaje.

Cuando el otoño era invierno


Cuando llegaba el otoño las casas de campo de Prescidia se vaciaban. La gente que había vivido el sueño del verano se despertaba. En realidad, tenían que volver a sus trabajos y a sus vidas más o menos monótonas. Y Armando era uno de los pocos amigos que resistía conmigo la envestida del invierno. Porque en Prescidia, por mucho que me pesara, cuando el frescor del otoño aparecía, todo el mundo decía que llegaba el frío invierno, largo y triste, exento de turismo y playa. Una larga estación que se prolongaba siempre hasta la semana santa. No puedo evitar mirar con nostalgia aquella época adolescente. Y mantengo el recuerdo de aquellos inicios de invierno. Se acababan los días largos e intensos, en los que no cabían las preocupaciones. Y llegaban días mucho más duros y fríos, acompañados de responsabilidad, por el inicio del curso. Pero recuerdo especialmente los fines de semana que Armando se escapaba de su casa para pasar al menos un día en Prescidia. Aunque vivía en un pueblo a pocos kilómetros, y aquella casa la mantenían sus padres como vivienda de verano, él se escapaba en autobús para pasar el día conmigo. Por supuesto aquello nos suponía una gran distancia y un gran viaje. Y Armando siempre volvía a su casa en el mismo día. Quizá lo hacía para acompañarme en aquella resignación tan triste. O para superar juntos el amargo trago de la cruda realidad. A veces pienso que este drama ha sido siempre mejor que cualquier otro. Y hasta esto me parece nostálgico. Parecía que le gustaba el invierno más que a mí. Se alegraba cuando sabía que aquel frescor le permitiría gozar del placer de la chimenea. Le encantaba encender una hoguera y contemplar como se quemaban aquellos troncos que había dejado su padre para cuando hicieran falta. Y a mi me extrañaba aquella manera que tenía de contemplar el fuego. Nos sentábamos cerca de la chimenea y hablábamos del inicio del curso. Comparábamos la supuesta crueldad de algunos profesores y vacilábamos con la dificultad que supondrían muchas de las materias de estudio. Yo avivaba el fuego mientras asentía con la cabeza. Y los dos disfrutábamos de aquella hoguera. Aunque estaba claro que Armando lo hacía más que yo. A veces pensaba que algún día saldríamos en los periódicos. Yo, como cómplice de un pirómano. Él, como el miserable autor de uno de los mayores incendios a nivel nacional. Un día fui a buscarle a la parada de autobús. La semana había sido larga y ya llegábamos a la época de transito. Me quedaría solo unos meses. Y esperaría con ansia los meses que darían paso a un verano mucho más corto que el invierno. Armando se bajó del autobús con su nuevo atuendo. Llevaba unos pantalones muy anchos y una gorra colocada hacía atrás. En aquella época no había pantalones de rapero y los chavales mandaban a sus madres a buscar pantalones de talla grande al mercadillo. Pero pese al atuendo, Armando parecía diferente. Más serio. Y recuerdo que evité pensar que mucho más triste. Me dijo que se quedaría solo aquella noche. Y como aquella idea me pareció extraña yo le pregunté a mis padres si me dejarían dormir en su casa. Cenamos macarrones con tomate porque era lo único que sabíamos cocinar. Y mientras cenábamos noté que él se quedaba sin aire. Le costó trabajo contarme que desde hacía un tiempo se agobiaba y que solía querer estar solo. Me dijo que hacía un par de semanas que sus padres habían hablado sobre separarse. Sobre hacer las cosas de otra manera. Y recuerdo que me lo contó mientras avivábamos una hoguera durante una noche que parecía mucho más fría. A veces pienso que en realidad Armando no quemaba madera cuando encendía la chimenea. Aquella noche vimos algunas películas. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá. Amaneció, desayunamos, y le acompañé a la parada de autobús. Y a partir de entonces fuimos diferentes sin saber muy bien por qué. Llego el frío verdadero, el que calaba los huesos. Nos llamábamos por teléfono como de costumbre. Pero el verano siguiente todo fue diferente. Aunque claro, el otoño seguía siendo invierno.

Algunas fotografías


Las fotografías las carga el diablo. Tengo una estrecha relación con una caja de cartón llena de fotografías. De hecho creo que sería lo único que me molestaría en salvar de un incendio. A lo mejor es algo de locos, algo que alguien guardaría como un secreto. Pero yo no puedo evitar mirar esta caja aunque no la abra, y consolarme con lo que hay dentro. Quizá de este fetiche nace la necesidad de plasmar cajas con fotografías en mis relatos. Existe una extraña relación porque tiene algo que no me pueden dar los demás objetos. Hay gente que colecciona tazas. Conozco a una persona que pide tazas a sus amigos cuando van de viaje. Yo mismo le he regalado una taza a esa persona. Y lo que en principio era una entrañable afición, supongo que pasó a convertirse en una obsesión. Como la mía con la caja de fotos. En mi caja también hay cartas. Las mejores son las que me escribieron en una edad en la que no se sabía nada. Algunas veces acaricio el papel, las letras que están plasmadas en estas cartas, inocentes mensajes que no parecen sinceros. Algunas cartas de adultos también tienen eso. Pero estas tienen como añadido algunas palabras escritas con bolígrafos de colores. Entre el puñado de cartas hay postales también. De gente que después vi más de mil veces. Lo divertido de estas postales es que no eran de despedidas. Transmitían vivencias durante viajes que después me contarían en persona. Me gusta darles la vuelta a estas postales, observar aquellos sitios tan maravillosos que han visitado, y descifrar la caligrafía de amigos viajeros que no serían entendibles debido al nivel de ebriedad. Me los imagino sentados en la mesa de algún bar, eufóricos y alegres, mientras intentan describir aquella anécdota del día. Alguien me dijo una vez que era demasiado jóven para tener tantos recuerdos. A mi eso me parece una tontería porque recuerdos tenemos todos. Lo que pasa es que yo no puedo evitar esa tendencia romántica hacía la búsqueda de un pasado mejor. Seguro que ese pasado no existe. Pero yo lo busco incansablemente y me satisface hacerlo. Cada uno vive como quiere diría. Pero es que yo me he dado cuenta de que en realidad vivo como puedo. Y encima escribo. Lo tengo todo para ser un escritor pesimista y desgraciado. Aunque mi defensa va hacía una dirección muy clara, porque es que yo vivo en esa búsqueda constante de lo bonito. De un recuerdo bonito y bello que llene mi alma, y consecuentemente llene el alma de todo aquel que quiera leerme. Y lo persigo como ya he comentado antes a través de la colección de momentos y fotografías. Me interesa esto para sentirme más vivo, para sentirme yo. No hay nada como saborear eso mientras abro la caja de fotografías, mientras me pierdo en todos esos momentos que he guardado en esa dichosa caja, mientras escucho algún bolero, o bebo una copa de vino. Es como cuando escribo en la cocina. Es como cuando no me quiero marchar simplemente de ningún sitio. Espero morir con esa satisfacción. Espero morir así de vivo. Feliz fin de semana. O lo que queda.

Cocinas


Escribir en la cocina está bien. Ahora estoy en a cocina escribiendo. Estoy sentado en un taburete y el ordenador está sobre una pequeña mesa que utilizamos para comer los días que no somos muchos. Esto de escribir en la cocina tiene su encanto. Mientras se hace algo esbozo algunas historias, contesto también mails y me tomo unos segundos para pensar en aquellos personajes a los que intento dar vida. Ellos también comen y son protagonistas de sus historias en cocinas. Igual que nosotros. Yo no puedo evitar remontarme a mi infancia, la encimera era más grande porque yo era más pequeño. Y desde allí abajo esperaba la merienda. Se habían caído algunas migas de pan y observaba como mi madre o mi abuela me preparaba el bocadillo. Mi abuela. Parecía disfrutar mientras me hacía el bocadillo. Y me sonreía cuando me lo daba y salía corriendo. Corría de la cocina como si no tuviera importancia. Hasta que no me hice mayor no me di cuenta de que era un verdadero santuario, en el que uno se alimentaba y gestionaba parte de su salud. Nuestra salud. Y bueno, también me recuerdo sentado en la cocina de mi abuela, todo era muy triste porque había fallecido alguien. Y algunos habían traído comida de la calle. Y después está esa sensación. No sé si os pasa, pero yo siento que hacemos parte de nuestras vidas dentro de una cocina. Aparte de cocinar hablamos. Estoy seguro de que muchos cierran la puerta de la cocina para discutir con su pareja, para que no se enteren los niños. Otros se han dado la mano mientras comían. También los niños utilizan las mesas para estudiar, en aquellas casas realmente pequeñas. Y nos hemos enterado de noticias malas dentro de cocinas. Y hemos hablado de temas importantes mientras tomábamos un vino. La cocina se presta a todas aquellas reuniones de amigos. Las cenas realmente intimas e interesantes se empiezan en las cocinas. Yo suelo quedar con unos amigos para cenar una vez a la semana y nos tomamos un vino mientras hablamos sobre lo que nos ha pasado en la semana, y sobre la vida. Cocinamos mientras bebemos y cuando terminamos de comer estamos realmente borrachos. Y ahora que me pongo a recordar, me viene a la memoria aquella época de estudiante en la que me levantaba y comía pizza recalentada después de una dura noche de fiesta. Había que reponer fuerzas y comía de pie, mientras pensaba en aquello y lo otro. Si voy mucho más atrás recuerdo a mi padre preparando un cola cao durante las frías mañanas de invierno. Me quitaba el pijama rápido y me ponía los pantalones allí mismo, junto a un pequeño calentador. Todavía era de noche y salíamos a saborear el roció después de un desayuno que calentaba un poquito nada más. Lo siento. No puedo evitar estremecerme cuando hablo de cocinas. Me cuesta trabajo elegir entre elaborar un guiso o un textito de estos. Quizá en el fondo cocinar es regresar al pasado, a los recuerdos. Nos podemos emocionar con un buen plato. No sé, me cuesta tanto dejar de escribir sobre las cocinas.