Un 14 de Febrero muy especial


Eran dos amigos que habían quedado como otro día cualquiera. En aquel sitio en el que servían palomitas con cada consumición. Se escuchaba rock de fondo y en algunas mesas había parejas que se hablaban muy cerca. A Nuria le había llamado la atención una de las mesas en las que había un par de hombres, dos amigos que parecían concentrados mientras miraban cada uno su Smartphone. Las mesas eran en realidad de terraza, y tenían Serigrafiados los logos de varias marcas conocidas de refresco y cerveza.

Me duele el pecho de quererte


Se sentó a escribir una carta. No quería que fuera una carta de amor porque no creía en las cartas de amor. El amor se demostraba día a día, con cada roce, con cada caricia. Con cada palabra. Sería como un manifiesto o algo parecido.

Cuento de navidad


El invierno era largo y en un paréntesis se encontraron. Durante las vacaciones de navidad quedaban para tomar café a las siete de la tarde. Pero la cafeína no les estimulaba tanto como los nervios antes del encuentro. Ella se había teñido el pelo y hablaba diferente, más madura. Él seguía siendo el mismo crío irresponsable. Anochecía temprano y las calles estaban animadas. Las luces de navidad alegraban el paisaje.

Cuando el otoño era invierno


Cuando llegaba el otoño las casas de campo de Prescidia se vaciaban. La gente que había vivido el sueño del verano se despertaba. En realidad, tenían que volver a sus trabajos y a sus vidas más o menos monótonas. Y Armando era uno de los pocos amigos que resistía conmigo la envestida del invierno. Porque en Prescidia, por mucho que me pesara, cuando el frescor del otoño aparecía, todo el mundo decía que llegaba el frío invierno, largo y triste, exento de turismo y playa. Una larga estación que se prolongaba siempre hasta la semana santa. No puedo evitar mirar con nostalgia aquella época adolescente. Y mantengo el recuerdo de aquellos inicios de invierno. Se acababan los días largos e intensos, en los que no cabían las preocupaciones. Y llegaban días mucho más duros y fríos, acompañados de responsabilidad, por el inicio del curso. Pero recuerdo especialmente los fines de semana que Armando se escapaba de su casa para pasar al menos un día en Prescidia. Aunque vivía en un pueblo a pocos kilómetros, y aquella casa la mantenían sus padres como vivienda de verano, él se escapaba en autobús para pasar el día conmigo. Por supuesto aquello nos suponía una gran distancia y un gran viaje. Y Armando siempre volvía a su casa en el mismo día. Quizá lo hacía para acompañarme en aquella resignación tan triste. O para superar juntos el amargo trago de la cruda realidad. A veces pienso que este drama ha sido siempre mejor que cualquier otro. Y hasta esto me parece nostálgico. Parecía que le gustaba el invierno más que a mí. Se alegraba cuando sabía que aquel frescor le permitiría gozar del placer de la chimenea. Le encantaba encender una hoguera y contemplar como se quemaban aquellos troncos que había dejado su padre para cuando hicieran falta. Y a mi me extrañaba aquella manera que tenía de contemplar el fuego. Nos sentábamos cerca de la chimenea y hablábamos del inicio del curso. Comparábamos la supuesta crueldad de algunos profesores y vacilábamos con la dificultad que supondrían muchas de las materias de estudio. Yo avivaba el fuego mientras asentía con la cabeza. Y los dos disfrutábamos de aquella hoguera. Aunque estaba claro que Armando lo hacía más que yo. A veces pensaba que algún día saldríamos en los periódicos. Yo, como cómplice de un pirómano. Él, como el miserable autor de uno de los mayores incendios a nivel nacional. Un día fui a buscarle a la parada de autobús. La semana había sido larga y ya llegábamos a la época de transito. Me quedaría solo unos meses. Y esperaría con ansia los meses que darían paso a un verano mucho más corto que el invierno. Armando se bajó del autobús con su nuevo atuendo. Llevaba unos pantalones muy anchos y una gorra colocada hacía atrás. En aquella época no había pantalones de rapero y los chavales mandaban a sus madres a buscar pantalones de talla grande al mercadillo. Pero pese al atuendo, Armando parecía diferente. Más serio. Y recuerdo que evité pensar que mucho más triste. Me dijo que se quedaría solo aquella noche. Y como aquella idea me pareció extraña yo le pregunté a mis padres si me dejarían dormir en su casa. Cenamos macarrones con tomate porque era lo único que sabíamos cocinar. Y mientras cenábamos noté que él se quedaba sin aire. Le costó trabajo contarme que desde hacía un tiempo se agobiaba y que solía querer estar solo. Me dijo que hacía un par de semanas que sus padres habían hablado sobre separarse. Sobre hacer las cosas de otra manera. Y recuerdo que me lo contó mientras avivábamos una hoguera durante una noche que parecía mucho más fría. A veces pienso que en realidad Armando no quemaba madera cuando encendía la chimenea. Aquella noche vimos algunas películas. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá. Amaneció, desayunamos, y le acompañé a la parada de autobús. Y a partir de entonces fuimos diferentes sin saber muy bien por qué. Llego el frío verdadero, el que calaba los huesos. Nos llamábamos por teléfono como de costumbre. Pero el verano siguiente todo fue diferente. Aunque claro, el otoño seguía siendo invierno.

Algunas fotografías


Las fotografías las carga el diablo. Tengo una estrecha relación con una caja de cartón llena de fotografías. De hecho creo que sería lo único que me molestaría en salvar de un incendio. A lo mejor es algo de locos, algo que alguien guardaría como un secreto. Pero yo no puedo evitar mirar esta caja aunque no la abra, y consolarme con lo que hay dentro. Quizá de este fetiche nace la necesidad de plasmar cajas con fotografías en mis relatos. Existe una extraña relación porque tiene algo que no me pueden dar los demás objetos. Hay gente que colecciona tazas. Conozco a una persona que pide tazas a sus amigos cuando van de viaje. Yo mismo le he regalado una taza a esa persona. Y lo que en principio era una entrañable afición, supongo que pasó a convertirse en una obsesión. Como la mía con la caja de fotos. En mi caja también hay cartas. Las mejores son las que me escribieron en una edad en la que no se sabía nada. Algunas veces acaricio el papel, las letras que están plasmadas en estas cartas, inocentes mensajes que no parecen sinceros. Algunas cartas de adultos también tienen eso. Pero estas tienen como añadido algunas palabras escritas con bolígrafos de colores. Entre el puñado de cartas hay postales también. De gente que después vi más de mil veces. Lo divertido de estas postales es que no eran de despedidas. Transmitían vivencias durante viajes que después me contarían en persona. Me gusta darles la vuelta a estas postales, observar aquellos sitios tan maravillosos que han visitado, y descifrar la caligrafía de amigos viajeros que no serían entendibles debido al nivel de ebriedad. Me los imagino sentados en la mesa de algún bar, eufóricos y alegres, mientras intentan describir aquella anécdota del día. Alguien me dijo una vez que era demasiado jóven para tener tantos recuerdos. A mi eso me parece una tontería porque recuerdos tenemos todos. Lo que pasa es que yo no puedo evitar esa tendencia romántica hacía la búsqueda de un pasado mejor. Seguro que ese pasado no existe. Pero yo lo busco incansablemente y me satisface hacerlo. Cada uno vive como quiere diría. Pero es que yo me he dado cuenta de que en realidad vivo como puedo. Y encima escribo. Lo tengo todo para ser un escritor pesimista y desgraciado. Aunque mi defensa va hacía una dirección muy clara, porque es que yo vivo en esa búsqueda constante de lo bonito. De un recuerdo bonito y bello que llene mi alma, y consecuentemente llene el alma de todo aquel que quiera leerme. Y lo persigo como ya he comentado antes a través de la colección de momentos y fotografías. Me interesa esto para sentirme más vivo, para sentirme yo. No hay nada como saborear eso mientras abro la caja de fotografías, mientras me pierdo en todos esos momentos que he guardado en esa dichosa caja, mientras escucho algún bolero, o bebo una copa de vino. Es como cuando escribo en la cocina. Es como cuando no me quiero marchar simplemente de ningún sitio. Espero morir con esa satisfacción. Espero morir así de vivo. Feliz fin de semana. O lo que queda.

Cocinas


Escribir en la cocina está bien. Ahora estoy en a cocina escribiendo. Estoy sentado en un taburete y el ordenador está sobre una pequeña mesa que utilizamos para comer los días que no somos muchos. Esto de escribir en la cocina tiene su encanto. Mientras se hace algo esbozo algunas historias, contesto también mails y me tomo unos segundos para pensar en aquellos personajes a los que intento dar vida. Ellos también comen y son protagonistas de sus historias en cocinas. Igual que nosotros. Yo no puedo evitar remontarme a mi infancia, la encimera era más grande porque yo era más pequeño. Y desde allí abajo esperaba la merienda. Se habían caído algunas migas de pan y observaba como mi madre o mi abuela me preparaba el bocadillo. Mi abuela. Parecía disfrutar mientras me hacía el bocadillo. Y me sonreía cuando me lo daba y salía corriendo. Corría de la cocina como si no tuviera importancia. Hasta que no me hice mayor no me di cuenta de que era un verdadero santuario, en el que uno se alimentaba y gestionaba parte de su salud. Nuestra salud. Y bueno, también me recuerdo sentado en la cocina de mi abuela, todo era muy triste porque había fallecido alguien. Y algunos habían traído comida de la calle. Y después está esa sensación. No sé si os pasa, pero yo siento que hacemos parte de nuestras vidas dentro de una cocina. Aparte de cocinar hablamos. Estoy seguro de que muchos cierran la puerta de la cocina para discutir con su pareja, para que no se enteren los niños. Otros se han dado la mano mientras comían. También los niños utilizan las mesas para estudiar, en aquellas casas realmente pequeñas. Y nos hemos enterado de noticias malas dentro de cocinas. Y hemos hablado de temas importantes mientras tomábamos un vino. La cocina se presta a todas aquellas reuniones de amigos. Las cenas realmente intimas e interesantes se empiezan en las cocinas. Yo suelo quedar con unos amigos para cenar una vez a la semana y nos tomamos un vino mientras hablamos sobre lo que nos ha pasado en la semana, y sobre la vida. Cocinamos mientras bebemos y cuando terminamos de comer estamos realmente borrachos. Y ahora que me pongo a recordar, me viene a la memoria aquella época de estudiante en la que me levantaba y comía pizza recalentada después de una dura noche de fiesta. Había que reponer fuerzas y comía de pie, mientras pensaba en aquello y lo otro. Si voy mucho más atrás recuerdo a mi padre preparando un cola cao durante las frías mañanas de invierno. Me quitaba el pijama rápido y me ponía los pantalones allí mismo, junto a un pequeño calentador. Todavía era de noche y salíamos a saborear el roció después de un desayuno que calentaba un poquito nada más. Lo siento. No puedo evitar estremecerme cuando hablo de cocinas. Me cuesta trabajo elegir entre elaborar un guiso o un textito de estos. Quizá en el fondo cocinar es regresar al pasado, a los recuerdos. Nos podemos emocionar con un buen plato. No sé, me cuesta tanto dejar de escribir sobre las cocinas.

Cada viernes


Cada viernes hago una ruta en coche que me obliga a circular por un tramo de carretera muy tranquilo. Suele ser a las tres y media, una hora a la que la gente se sitúa en el ecuador de una larga jornada. O una jornada corta que le lleve a tomar un fin de semana temprano. Para mí es un paréntesis y me he acostumbrado a relajarme cuando circulo por ese tramo de carretera. Me ofrece un paisaje muy peculiar. Porque cruza un bosque de pinos y eucaliptos. A veces, cuando hace viento, miro como un coche de los de enfrente se balancea un poco. Y me sorprendo cuando el viento me balancea a mi, como si el viento pudiera elegir a quien quiere empujar. Por supuesto son cosas que pasan con ráfagas de viento muy fuertes. Cada viernes es igual que el anterior y diferente al mismo tiempo. Siempre hay un detalle extra que no cambia la tranquilidad de ese tramo, algún coche más, algún coche de menos. El espacio cambia poco y somos nosotros los que nos movemos en una dirección determinada. Pero cada viernes es diferente en realidad, en el tiempo. Y cuando pienso en el tiempo recuerdo que estos viernes se parecen al paréntesis que vivía después del colegio. Siempre llegaba con ganas de adelantar tareas y estaba lo suficientemente cansado de la semana como para no cumplir la promesa. Cada viernes se parece a ese viernes que se encuentra solo en mi memoria, pero soy adulto y estos días no parecen nuevos. Cuando se es chico todo parece nuevo. Cada viernes a la misma hora recuerdo las horas que faltan para la merienda, como si estuviera en ese viernes de época de colegio. Solo que ahora no me hace tanta ilusión. El viernes se va rodeando de mitología por la sencilla razón de que lo esperamos. Es un día valioso porque representa el principio del fin de semana. Igual de valioso que las últimas horas del domingo, que parecen más tristes y deprimentes. Siempre depende de como afrontemos el comienzo de la semana. Pero el viernes significa pasar de una semana de cinco días laborables a un fin de semana. El termino “fin de semana” nos lleva al final de un ciclo, en el que podemos hacer las representaciones que queramos. Yo cada viernes a la misma hora pienso en estas cosas. Pero al final no puedo evitar quedarme con lo asombroso del paisaje de arboles que me rodea mientras circulo por ese tramo de carretera. Se alzan y pelean entre ellos cuando hace viento. Y me imagino siendo un árbol, que busca la luz a toda costa y no tiene noción del tiempo. Que crece fuerte, con unas raíces que son más importantes que cualquier representación que hagamos del viernes, o de cualquier otro día. La naturaleza en estado puro es algo de lo que inevitablemente estamos dispuestos a escapar. Que ironía que sea un trozo de carretera lo que me salve de eso.

Un olor

Hace poco me compré un jabón nuevo. Lo estrené después de cenar con un amigo en casa. Cuando lo olí recordé algo maravilloso. No sabía muy bien que era, pero me remontaba a una época y un lugar. Tan solo recordaba la sensación. Le dije a mi amigo que me oliera las manos y el me miró como si yo estuviera loco. Llegué a la conclusión de que aquel jabón lo había comprado hacía como diez años.

Fracasar


Estoy escribiendo una cosa que me hace pensar más que nunca en la vida. En como cometemos los mismos errores repetidamente. Y que en realidad por mucho que aprendas nunca evitarás el fracaso. 
A mi la palabra fracaso no me gusta nada. Porque pienso que la gente que fracasa mucho, como yo, puede llegar a sentirse un fracasado. A mi eso me da igual, pero pienso que hay gente más sensible que lo puede llegar a pasar tremendamente mal. Cuando eres más joven no te permites fracasar porque todavía no has experimentado el fracaso sin condiciones. Y cuando pasan algunos años te das cuenta de que el fracasar no es como lo pintaban. No es tan terrible.

Esperar


No nos gusta esperar. Y yo creo que no nos gusta porque nos suelen pasar las peores cosas mientras esperamos. A muchos nos ha tocado una cola en el peor momento. Una larga cola que parece infinita, que se nos hace eterna cuando intentamos divisar el final. Una espera larga y aburrida. Con el paso de los años he aprendido a disfrutar de la espera. A no recordar momentos en los que mi estado anímico ha dependido de una respuesta, mientras la esperaba. Reconozco que es complicado. Que bien estaría vivir mientras esperamos tranquilos, sin preocuparnos por esa insoportable necesidad de buscar un sentido a nuestras vidas. Estaría bien no darle importancia a la espera. Disfrutar de la gente sin pensar que todos aquellos que se encuentran en una cola han conspirado para que se te enfríe la comida. Creo que por eso la gente que compra el pan tiene tan mala ostia siempre. Aunque eso no es lo peor. La espera en el pasillo de un hospital si que sienta como un golpe bajo. Pero eso es una historia que tendrá que contarse en otro momento. Ahora pienso en una espera más aburrida y menos dramática. Una espera que se hace un mundo. Ahora me gustan esas esperas. Me gusta observar a la gente que espera como yo. ¿Estarán sumergidos en la lista de la compra?¿Se les hará un mundo llegar a fin de mes? ¿Estarán enamorados? Y de nuevo el amor. No tengo remedio. Ahora si recuerdo la espera de una llamada, o la respuesta a una carta. Lo recuerdo sintiendo una dulce melancolía. Como si fuera un sueño que no es ni bueno ni malo, pero sí dulce. Y me vienen imágenes a la recompensa de muchas de esas esperas; un abrazo, un beso en la mejilla. En fin, las esperas pueden llegar a ser dulces. Sobre todo si recuerdas cosas y dejas pasar el tiempo. Como si el tiempo no tuviera importancia. Y de hecho el tiempo no tiene importancia. Tenemos un reloj para controlar el tiempo que emplearemos en cada cosa que hacemos, sin pararnos a pensar que el tiempo pasa. Y llegará el día en el que el reloj no sirva para nada. Porque moriremos y seremos parte de la tierra, del universo.